La mañana siguiente llegó con la frialdad metálica de un departamento que aún se sentía ajeno. Victoria despertó en la habitación de invitados, rodeada de un lujo que no lograba calentar el ambiente. Al salir, el silencio la recibió de nuevo: Daniel se había marchado temprano, dejando solo el eco de su presencia. Mientras el aroma del café llenaba la cocina, la pantalla de su celular se iluminó con un mensaje escueto, directo, muy al estilo de él: "Pasa por mi oficina cuando puedas". Victoria leyó el mensaje sin responder. No tenía prisa. Se tomó su tiempo, disfrutó del desayuno y luego se refugió en el calor del baño. Para la tarde, eligió un vestido de tirantes negro, de una sencillez engañosa; era casual, sí, pero se ajustaba a su figura con una precisión que no necesitaba adornos para ser impactante. A las cuatro de la tarde, las puertas del elevador se abrieron en el piso sesenta. El aire aquí olía a poder y decisiones costosas. —Señorita Victoria, qué gusto —la recibió la
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