El día veinte comenzó con una claridad dolorosa. Astraea permanecía en sus aposentos, con las cortinas de terciopelo cerradas para filtrar la luz que, aunque no la hería mortalmente, se sentía como un martilleo incesante contra sus retinas hipersensibles. No era una transformación monstruosa; su piel seguía siendo suave, su rostro conservaba la delicadeza que siempre la había caracterizado, pero había una densidad nueva en su ser. Sus movimientos, antes torpes por la falta de confianza, ahora p