El día veinte comenzó con una claridad dolorosa. Astraea permanecía en sus aposentos, con las cortinas de terciopelo cerradas para filtrar la luz que, aunque no la hería mortalmente, se sentía como un martilleo incesante contra sus retinas hipersensibles. No era una transformación monstruosa; su piel seguía siendo suave, su rostro conservaba la delicadeza que siempre la había caracterizado, pero había una densidad nueva en su ser. Sus movimientos, antes torpes por la falta de confianza, ahora poseían una economía de esfuerzo que resultaba inquietante. Era como si cada gramo de su musculatura hubiera sido recalibrado para una eficiencia depredadora.
Astraea se miró en el espejo de su tocador. Su apariencia física no había cambiado drásticamente; seguía siendo la joven de cabellera plateada y ojos amatista, pero había un brillo metálico en su mirada que antes no existía. Se tocó la columna vertebral, sintiendo los bultos bajo su piel. No eran alas, ni deformidades; eran centros de energ