Capitulo 61

El día veintidós se manifestó como una herida abierta en el horizonte. La luz del sol, filtrada por una capa perpetua de nubes cenicientas, parecía rebotar contra la piel de Astraea con una agresividad que la obligaba a refugiarse en las profundidades de la biblioteca o tras los pesados tapices de sus aposentos. Su cuerpo ya no se limitaba a dar pistas sutiles; estaba en medio de una metamorfosis violenta que ella apenas lograba disimular bajo túnicas de seda cada vez más amplias y oscuras.

La tensión en la Ciudadela de Hierro había alcanzado un punto de ebullición. Thomas y su comitiva de la Luna Plateada habían acampado justo en el límite de las tierras neutrales, una provocación que Valerius no podía ignorar pero que, legalmente, estaba obligado a tolerar debido a las leyes de la Diosa Luna sobre las "compañeras en espera".

Astraea se encontraba en la torre de vigilancia del flanco norte, protegida por la sombra proyectada por las almenas. A pesar de la distancia, sus ojos captaban
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