El día veintidós se manifestó como una herida abierta en el horizonte. La luz del sol, filtrada por una capa perpetua de nubes cenicientas, parecía rebotar contra la piel de Astraea con una agresividad que la obligaba a refugiarse en las profundidades de la biblioteca o tras los pesados tapices de sus aposentos. Su cuerpo ya no se limitaba a dar pistas sutiles; estaba en medio de una metamorfosis violenta que ella apenas lograba disimular bajo túnicas de seda cada vez más amplias y oscuras.
La