El eco de la puerta principal al cerrarse resonó con fuerza por toda la casa, seguido de inmediato por la voz de Angélica llamando a Emma desde el vestíbulo. El pánico recorrió la columna de Emma, quien trató de apartar a Benedict con manos temblorosas, pero él no se movió. Con un descaro que la dejó sin aliento, Benedict la sujetó por la nuca y le robó un último beso profundo, dominante, antes de salir de ella con una lentitud tortuosa. La bajó al suelo, permitiendo que sus pies tocaran el mármol mientras él se acomodaba el pantalón con calma. Antes de que Emma pudiera reaccionar, Benedict se inclinó, recogió las bragas de ella que descansaban en el suelo y se las llevó a la nariz, aspirando su aroma con los ojos cerrados. Luego, con una sonrisa de lado, las guardó en el bolsillo de su pantalón. Emma no alcanzó a reprochar nada; los pasos de su madre ya se escuchaban subiendo por la escalera.Cuando Angélica llegó al pasillo, Emma caminaba hacia su habitación con una mano apoyada en
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