Emma soltó un jadeo roto cuando las manos de Benedict, grandes y posesivas, subieron desde su vientre hasta sus pechos, apretándolos con una urgencia que le cortó la respiración. La tela del vestido era un obstáculo que él parecía despreciar mientras hundía sus dedos en la carne sensible, marcando su territorio con cada presión. Benedict no se detuvo, su cuerpo imponente la mantenía aplastada contra la pared del pasillo, y Emma podía sentir la dureza de su deseo golpeando contra su vientre. El