La seda se deslizó por la piel de Angélica, acumulándose en un charco silencioso a sus pies. Con una calma que desafiaba la tensión del momento, retiró con lentitud cada pie por fuera de la tela, quedando expuesta ante la mirada voraz del Ruso. No tuvo que pensarlo demasiado; estaba ahí con un propósito claro y, en su mente práctica, pagar de esa forma le resultaba un intercambio sumamente conveniente. Los ojos del hombre la recorrieron con lentitud y descaro deteniéndose en el contraste del encaje rojo contra su piel clara. Él se relamió el labio inferior, confirmando con ese gesto depredador que, en efecto, el rojo le quedaba de maravilla.Angélica era una mujer de cuarenta y siete años que portaba su edad con una arrogancia magnética. Era hermosa, poseía esa genética privilegiada que compartía con su madre y su hija, pero lo que realmente la hacía resaltar era su mirada segura. No es que se creyera una diosa, es que simplemente le importaba poco lo que el mundo dictara sobre ella.
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