Emma pasó saliva con dificultad, sintiendo un nudo de deseo quemándole la garganta mientras observaba la magnitud del mi*mbro de Benedict. Era imponente, una columna de carne firme y caliente que pulsaba con cada latido de su corazón, marcada por venas que denotaban la presión de su sangre. Sus dedos, aún temblorosos por el orgasmo anterior, se cerraron alrededor de la base, confirmando que era tan grueso como parecía. El contraste de su piel blanca contra el tono bronceado de él la hizo sentir una oleada de poder y vulnerabilidad al mismo tiempo.Se inclinó hacia adelante, dejando que su aliento cálido rozara la punta antes de abrir la boca. Benedict soltó un gruñido gutural, un sonido de necesidad que retumbó en la enorme sala, cuando sintió la punta de la lengua de Emma delineando el borde de su glande. —Eso es, Em —susurró él, con la voz rota—. Joder, qué bien se siente tu boca. Es la puta gloria.Para él, sentir la suavidad húmeda de su boca era más embriagante que cualquier l
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