Emma estaba recostada en la camilla, sintiendo el gel frío sobre su vientre mientras el médico deslizaba el transductor. Habían pasado dos semanas más y el embarazo ya alcanzaba los cinco meses; la transformación en su cuerpo era imparable y hermosa. El especialista ajustó unos mandos en la pantalla y, de pronto, el sonido rítmico y potente del corazón de la bebé llenó la habitación. Benedict estaba de pie a su lado, completamente fascinado, con la mirada clavada en el monitor como si estuviera