Bajo el sol inclemente de México.
El sol de Los Cabos caía con una fuerza implacable sobre la terraza privada, haciendo que el agua de la piscina infinita brillara como diamantes líquidos. Emma estaba recostada en una de esas camas balinesas, sintiendo el calor del mediodía sobre su piel mientras el sonido de las olas rompiendo contra las rocas creaba una atmósfera de aislamiento total. Benedict apareció desde el interior de la mansión, caminando con esa seguridad natural que siempre lograba intimidarla. Se detuvo justo frente