Benedict y Emma cruzaron el umbral de la mansión Campbell con el aire renovado después de haberse sentido en el paraíso, aunque la tensión del hogar los recibió apenas pusieron un pie en el vestíbulo.
Catalina y Angélica aparecieron de inmediato, con los rostros iluminados por una emoción genuina al verlos de regreso. Catalina se acercó a su nieta con una sonrisa de oreja a oreja, tomándola de las manos para detallarla. Emma se veía radiante; su piel tenía ese tono dorado y saludable que solo