Emma pasó saliva con dificultad, sintiendo un nudo de deseo quemándole la garganta mientras observaba la magnitud del mi*mbro de Benedict. Era imponente, una columna de carne firme y caliente que pulsaba con cada latido de su corazón, marcada por venas que denotaban la presión de su sangre. Sus dedos, aún temblorosos por el orgasmo anterior, se cerraron alrededor de la base, confirmando que era tan grueso como parecía. El contraste de su piel blanca contra el tono bronceado de él la hizo sentir