La mañana irrumpió en la habitación del hospital con una claridad hiriente que Mariana no soportaba. El médico, tras una revisión rápida y carente de la calidez que ella solía comprar con dinero, le dio el alta. No había residuos del aborto, su cuerpo había expulsado todo rastro de vida con una eficiencia cruel y ya no había más que hacer allí; podía regresar a la mansión Campbell a enfrentar su nueva realidad. Mariana permanecía sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda que