Benedict Campbell no era un hombre de rituales ni de supersticiones baratas, pero esa mañana, mientras se ajustaba los gemelos de plata en su apartamento, decidió que Emma merecía la experiencia completa. No era por respeto a una tradición arcaica de mala suerte, sino por el placer sádico y delicioso de la anticipación. Quería que el impacto de verla en el altar fuera real, que el hambre que sentía por ella se acumulara durante horas de ausencia hasta volverse insoportable. Se miró al espejo, observando el corte impecable de su esmoquin negro. La seda de la solapa brillaba bajo las luces led del vestidor, y la camisa blanca, almidonada y perfecta, resaltaba la dureza de sus hombros y la frialdad de su expresión. Se veía imponente, con esa masculinidad agresiva que no necesitaba gritar para ser notada. Se pasó una mano por el cabello, perfectamente peinado, y exhaló un suspiro corto. Sabía que esa boda era un movimiento maestro en el tablero de la familia, pero también sabía que, en el
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