Benedict Campbell no era un hombre de rituales ni de supersticiones baratas, pero esa mañana, mientras se ajustaba los gemelos de plata en su apartamento, decidió que Emma merecía la experiencia completa. No era por respeto a una tradición arcaica de mala suerte, sino por el placer sádico y delicioso de la anticipación. Quería que el impacto de verla en el altar fuera real, que el hambre que sentía por ella se acumulara durante horas de ausencia hasta volverse insoportable. Se miró al espejo, o