El atardecer de la terraza comenzaba a devorar los últimos restos de luz, envolviendo a la pareja en una atmósfera de sensualidad y pecado que hacía que la piel de Emma vibrara de una forma desconocida. Ella se sentía sexy, poderosa bajo el escrutinio de esos ojos grises que la desnudaban mucho antes de que sus manos lo hicieran. Benedict no perdió el tiempo; sus dedos, largos y seguros, se deslizaron por los hombros de Emma para bajar los tirantes de su vestido con una lentitud que la torturaba. Cuando la tela cayó, dejando sus pechos al descubierto en el aire fresco, él soltó un suspiro pesado. Los observó con una fascinación nueva, notando que se sentían ligeramente más llenos, más pesados por el embarazo, y eso le encantó. No era que los deseara más grandes por estética, sino porque su mente oscura ya imaginaba el momento en que podría beber de ellos cual becerro, reclamando el sustento de su descendencia directamente de la mujer que deseaba someter. Se inclinó para besar la piel
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