Sebastián guardó el sobre dentro del saco, acomodó la caja exactamente como la había encontrado y respiró hondo antes de salir del cuarto. Cuando abrió la puerta, su expresión era serena, casi indiferente. El torbellino que acababa de atravesarlo no dejó huella visible en su rostro.
Isabel estaba sola en el comedor. Las copas habían desaparecido y la mesa lucía ordenada con una rapidez sospechosa. Al escucharlo acercarse, levantó la vista con una sonrisa ensayada.
—¿Cómo te fue con tus amigas?