La oscuridad tenía peso.No era solo la ausencia de luz: era una presencia espesa, pegajosa, que se le metía en los pulmones cada vez que intentaba respirar hondo a travéz de la mordaza. Valentina estaba atada. Las cuerdas se habían incrustado tanto en su piel que ya no distinguía dónde terminaban los nudos y dónde empezaba el dolor. Las muñecas le ardían, húmedas, calientes, y cada pequeño movimiento abría la herida un poco más. La sangre, seca en algunos puntos, fresca en otros, le manchaba los brazos. Le dolía todo el cuerpo, como si hubiera pasado horas peleando contra algo más grande que ella. Y tal vez eso era exactamente lo que había hecho.El frío la atravesaba.Lucas había dejado la ventana abierta, como si quisiera que el invierno terminara de hacer el trabajo que él no había sido capaz. El aire entraba sin permiso, cortante, y le hacía tiritar los huesos. Temblaba sin poder evitarlo. No sabía si era por el frío, por el miedo o por el agotamiento absoluto que la tenía al bo
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