Amelia seguía sentada en el sofá, sosteniendo la taza de té entre las manos. El líquido ya estaba tibio, pero no lo bebía. Sus dedos temblaban apenas, un temblor casi imperceptible que traicionaba el nudo que aún llevaba apretado en el pecho. El penthouse, normalmente silencioso y elegante, se sentía demasiado grande, demasiado vacío. Cada sonido del edificio —el ascensor lejano, una puerta cerrándose en otro piso, incluso el viento golpeando los ventanales— la hacía tensarse.El recuerdo del rostro de Patrick en la puerta seguía demasiado fresco.Su mirada dura. Su voz cargada de veneno. La forma en que había invadido su espacio como si aún tuviera derecho a hacerlo.Amelia apretó la taza con más fuerza y respiró hondo, intentando convencerse de que ya no estaba allí. De que estaba a salvo. De que él se había ido.Entonces, el sonido de la cerradura girando rompió el silencio.Amelia dio un salto del sofá, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas. Por un segundo, el mie
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