Patrick gritaba.
Gritaba mientras dos hombres de seguridad retiraban muebles, cuadros y objetos de valor de la que había sido su casa. Su casa. Aquella mansión heredada, cargada de apellido y orgullo, ahora se vaciaba frente a sus ojos como un cuerpo al que le arrancaban los órganos uno por uno.
Rachel observaba en silencio desde el fondo del salón. Los brazos cruzados, el rostro pálido. Todo por lo que había “trabajado” —joyas, vestidos, estatus— se iba directo a la basura.
—Lo siento, señor —