—Esta vez lo dejaré pasar, pero para la próxima, no dudaré en ponerlos de patitas en la calle —escupió Rodrigo, y sus palabras cayeron como piedras sobre el escritorio—. No quiero a dos tortolitos distraídos en mi empresa. ¿Ha quedado claro, señorita Montalvo? Su mirada era gélida, casi diabólica. Me costaba reconocer en este hombre al mismo que, semanas atrás, me había confesado que yo era su "problema". La ferocidad en su rostro era una advertencia silenciosa de que, aquí dentro, él era el dueño absoluto de las reglas. —Le vuelvo a aclarar, señor, que solo somos compañeros de trabajo —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. No habrá una próxima vez, se lo aseguro. Mi profesionalismo está por encima de cualquier invitación casual. —Eso espero —sentenció él, clavando sus ojos oscuros en los míos con una intensidad amenazante que me cortaba la respiración. —Así será —dije con firmeza, aunque por dentro sentía que me desmoronaba—. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarl
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