—Señorita Montalvo... Señorita Montalvo, ¡le estoy hablando! ¡Por Dios!
La voz del señor Samuel, la mano derecha de Rodrigo, me sacó de golpe de mi ensimismamiento. Parpadeé varias veces, un poco aturdida, dándome cuenta de que me había quedado mirando un punto fijo en la pared mientras mi mente vagaba por el desayuno con mi padre y las llaves del nuevo apartamento que aún no tenía en mis manos.
—Sí, sí, disculpe. ¿Qué pasa? —contesté, tratando de recuperar la compostura mientras sentía el