—Esta vez lo dejaré pasar, pero para la próxima, no dudaré en ponerlos de patitas en la calle —escupió Rodrigo, y sus palabras cayeron como piedras sobre el escritorio—. No quiero a dos tortolitos distraídos en mi empresa. ¿Ha quedado claro, señorita Montalvo?
Su mirada era gélida, casi diabólica. Me costaba reconocer en este hombre al mismo que, semanas atrás, me había confesado que yo era su "problema". La ferocidad en su rostro era una advertencia silenciosa de que, aquí dentro, él era el