(Alessandra)El trayecto de vuelta a la Mansión Montenegro fue inusualmente silencioso, pero no era un silencio incómodo. Thiago se había quedado profundamente dormido en su silla de seguridad, agotado tras la emoción del desayuno y la promesa de su "silla que da vueltas" en la oficina de Rodrigo. Al mirarlo, no pude evitar sonreír; tenía las facciones de su padre, esa determinación en la mandíbula que ahora, por fin, no me causaba miedo, sino una extraña paz.Sin embargo, al entrar en los límites de la propiedad de mi familia, la realidad me golpeó de frente. La fachada de la mansión, aunque imponente, guardaba entre sus paredes las disputas y el peso de una herencia que casi se me escapa de las manos.—Ya llegamos, mi amor —susurré, despertando a Thiago con un beso en la frente.Después de dejarlo al cuidado de mi madre y asegurarme de que ella estuviera cómoda, subí a mi habitación. Necesitaba cambiar mi piel. Dejé atrás la ropa informal de la mañana y me puse un traje de sastre
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