El beso no fue suficiente. Nada parecía calmar el hambre que nos había consumido durante tres inviernos de silencio. Separamos nuestros labios solo lo necesario para recuperar el aliento, con la frente todavía pegada, compartiendo el mismo aire.
—No te voy a dejar aquí esta noche —murmuré contra su boca, mi voz era un ruego cargado de una autoridad que ella ya no rechazaba—. Ven conmigo, Alexandra. A mi casa. A nuestro lugar.
Ella no necesitó palabras. Sus dedos se enredaron en mi nuca, asi