El comedor de la villa nunca se había sentido tan vivo. Mientras el sol terminaba de iluminar los rincones de mármol, el sonido de las risas de Thiago llenaba los espacios que antes solo conocían el silencio de mi soledad. Verlo allí, sentado entre nosotros, era el eco doloroso de un pasado perdido, pero también la promesa de que, a partir de hoy, nada volvería a ser igual.
—¿Entonces mami y tú ya no están enojados? —preguntó Thiago, con los labios manchados de chocolate y esa curiosidad imp