El silencio en la habitación de Thiago era denso, cargado de un magnetismo que hacía que el aire pesara en mis pulmones. Nos movíamos como dos sombras coreografiadas, evitando rozarnos mientras arropábamos al niño. El pequeño soltó un suspiro profundo en sueños, ajeno a la guerra eléctrica que estallaba justo sobre su cama. Cuando finalmente salimos al pasillo, la oscuridad era casi total, apenas interrumpida por la luz tenue que subía de la planta baja. Me detuve en seco y ella, que venía pegada a mis pasos, chocó suavemente contra mi espalda. El contacto, aunque breve, disparó una chispa que me obligó a darme la vuelta. Alexandra estaba allí, atrapada entre la pared y la calidez de mi cuerpo. Su respiración, agitada y errática, golpeaba directamente el nacimiento de mi cuello. Pude ver cómo sus dedos se enterraban en la tela de su vestido, buscando un anclaje que no existía. El aroma a vainilla se volvió una neblina que nubló mi juicio, recordándome cada noche que pasé maldicien
Ler mais