El eco del motor del auto de Rodrigo alejándose fue el último hilo de tensión que se cortó en mi pecho. Por un segundo, me apoyé contra la madera de la puerta, cerrando los ojos. La máscara de indiferencia pesaba más de lo que quería admitir, pero no podía permitirme ni una fisura. No hoy.
—¡Abuela! ¡Abuela, ya llegué! —el grito entusiasta de Thiago me devolvió a la realidad.
Mi madre apareció por el pasillo de la cocina, con el delantal puesto y los brazos abiertos. Thiago se soltó de mi c