El silencio en la habitación de Thiago era denso, cargado de un magnetismo que hacía que el aire pesara en mis pulmones. Nos movíamos como dos sombras coreografiadas, evitando rozarnos mientras arropábamos al niño. El pequeño soltó un suspiro profundo en sueños, ajeno a la guerra eléctrica que estallaba justo sobre su cama.
Cuando finalmente salimos al pasillo, la oscuridad era casi total, apenas interrumpida por la luz tenue que subía de la planta baja. Me detuve en seco y ella, que venía pe