El aire en el pequeño reservado se volvió denso, cargado del aroma a tabaco caro y ese perfume de Rodrigo que siempre me había mareado. Su mano en mi cintura era un recordatorio de un pasado que aún quemaba, pero esta vez, el peso de los años de soledad fue más fuerte que el deseo.
Le apoyé las manos en el pecho y, con una fuerza que no sabía que poseía, lo empujé para ganar aire.
—Ya basta, Rodrigo. ¡Basta de este juego enfermo! —solté. Mi voz temblaba, no de miedo, sino de un cansancio