El timbre sonó con una energía rítmica que solo podía pertenecer a una persona. Antes de que pudiera llegar a la entrada, Thiago ya había pasado junto a mí como un rayo exclamando: —¡Tía Layla!
Al abrir, Layla entró como un torbellino de perfume caro, risas y bolsas de compras. Se agachó de inmediato para recibir el impacto de Thiago, quien se colgó de su cuello como si no se hubieran visto en años.
—¡Pero miren qué hombre tan guapo! —exclamó Layla, llenándolo de besos ruidosos—. He traído