Guardé el teléfono en el bolso con los dedos rígidos; sentía la pantalla quemarme a través de la tela. No me atrevía a mirar a Marco, cuya mano seguía apoyada en mi hombro con una naturalidad que ahora me resultaba peligrosa. Para Marco, yo era su amiga, la mujer que su hermana Layla adoraba; para Rodrigo, esa cercanía era una declaración de guerra.
—¿Pasa algo, Ale? Te has quedado de piedra —murmuró Marco, inclinándose hacia mí para hacerse oír sobre el beat del club.
—Solo es el ruido,