La sala de juntas de los Montenegro, el lugar donde mi padre forjó un imperio, se sentía esa mañana como una celda de lujo. Los paneles de roble y el olor a café caro, que antes me daban seguridad, ahora me oprimían. Rodrigo estaba sentado en la cabecera, en el lugar que por derecho de sangre me pertenecía a mí, pero que por derecho de deuda ahora era suyo.
Llegué cinco minutos tarde, con la barbilla en alto y mis tacones de aguja marcando un ritmo desafiante sobre el mármol. Mi orgullo era e