Observar esa escena me desarmó. Cada caricia que Rodrigo le daba a Thiago, cada mirada de pura adoración y asombro, era un puñal de realidad. Recordé las veces que Rodrigo me buscó tras nuestra ruptura, las llamadas que ignoré y los correos que borré sin leer. Fui fría, calculadora en mi dolor, y construí un muro de silencio que no solo lo castigó a él, sino que dejó a Thiago en un desierto de ausencia.
—Rodrigo… —intenté decir, pero las palabras se quedaron cortas frente a la magnitud de mi