El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un color naranja, cuando la energía de Thiago finalmente cedió. Se quedó dormido en los brazos de Rodrigo, con la cabeza apoyada en su hombro, confiando plenamente en un hombre que, hasta hace unas horas, era un extraño. Ver esa entrega me dio el valor —o quizás la desesperación— que necesitaba para romper el muro que yo misma había levantado.
—Rodrigo —susurré, mi voz apenas un hilo quebradizo que se perdía en la inmensidad del parque privado