Dos meses después, la luz clara de la mañana se filtraba por las amplias ventanas de la habitación privada de la clínica, disipando por completo los últimos rastros de la angustia que los había acompañado semanas atrás. El ambiente se sentía cálido, impregnado de un aroma suave a colonia de bebé y del murmullo tranquilo de los monitores que ya solo registraban signos estables y saludables.—Es hermoso, Valerio. Mira nada más, tiene exactamente tus mismos ojos y el cabello es castaño, idéntico al de nosotros —dijo Amelia con una sonrisa radiante en el rostro, inclinándose un poco sobre el Moisés de madera para observar al pequeño que dormía plácidamente.Valerio se acercó despacio, estirando sus brazos fuertes para tomar al bebé con una delicadeza extrema, como si temiera romperlo. Apretó al bebé contra su pecho con firmeza, cerrando los ojos por un instante mientras lo olía, aspirando ese aroma único y puro a recién nacido que le llenó los pulmones. Con la yema del dedo índice, comenz
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