Minutos antes.
Ginevra sentía que se iba a morir en ese mismo instante. El dolor agudo que experimentaba en el centro del pecho era tan fuerte, tan opresivo, que estaba completamente convencida de que su corazón terminaría por detenerse en cualquier momento. Se encontraba postrada en la fría cama de hospital, conectada a un sinfín de aparatos y monitores que emitían pitidos monótonos y desesperantes, mientras su mente, ajena al ruido de la sala de emergencias, estaba por completo en otro lado.