Alessandro se pasaba las manos por el pantalón una y otra vez, sintiendo el tejido de su traje áspero bajo la fricción de sus palmas sudorosas. El nerviosismo lo carcomía por dentro, acelerándole el pulso de una forma casi insoportable. Se iba a casar por segunda vez con la mujer que amaba, con su Amelia, y lo único que podía pensar en ese instante de espera era en el peso de sus propios errores; si tan solo la hubiera valorado la primera vez, si no hubiera sido tan ciego y soberbio, hoy estarían felices, disfrutando de un amor sin cicatrices y con su primer hijo en brazos. Un suspiro pesado escapó de sus labios, obligándolo a sacudir la cabeza. No, no podía seguir pensando en el pasado. Tenía que mirar hacia adelante, pues venían dos niños, dos hermosos hijos en camino, y la vida le estaba dando la oportunidad de enmendarlo todo y ser feliz nuevamente.—Por favor, Alessandro, quédate tranquilo de una buena vez. Me estás poniendo nerviosa a mí también —le dijo Alessandra, dándole un s
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