La fría luz blanca del consultorio de la clínica privada iluminaba la habitación en un silencio cargado de una expectativa casi insoportable. Amelia se encontraba recostada sobre la camilla médica, con la blusa recogida hasta el pecho y una fina capa de gel transparente cubriéndole la piel del vientre. Alessandro permanecía de pie justo a su lado, sosteniéndole la mano derecha con una fuerza desmedida, sintiendo cómo las palmas de ambos sudaban debido a los nervios que les atenazaban el cuerpo.