POV MaraHay algo obscenamente atractivo en ver a un hombre con un destornillador en la boca.Es un hecho biológico. No me importa lo que digan las feministas, ni mi propia lógica, ni el contrato. Ver a Elías Vázquez, el hombre que no toca nada que no esté esterilizado, tirado en el suelo de la habitación verde (sí, la pintamos de verde al final), en vaqueros y camiseta, peleándose con los barrotes de una cuna de madera maciza, me está haciendo cosas por dentro.Llevamos dos horas encerrados aquí. La habitación huele a madera nueva, a cartón y al sudor limpio de Elías.—Ese tornillo no va ahí —digo desde mi posición de supervisora oficial (sentada en la butaca de lactancia que ya venía montada, gracias a Dios).Elías se quita el destornillador de la boca. Tiene el pelo revuelto y una mancha de serrín en la frente. Me mira con esa intensidad asesina que pone cuando algo no encaja.—Las instrucciones son un insulto a la inteligencia —gruñe, señalando el papel desplegado en el suelo—. La
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