POV Elías
Odio las pelotas de pilates.
Son esferas inestables, de colores chillones, que ocupan un espacio absurdo y huelen a goma barata. Y, sin embargo, aquí estoy. Sentado en una colchoneta azul en el suelo de un gimnasio reconvertido en "Espacio de Conexión Prenatal", rodeado de cinco parejas que parecen salidas de un anuncio de yogur bio y doce pelotas gigantes.
Me siento ridículo. Llevo mis pantalones de traje (me he quitado la americana y la corbata, dejándolas dobladas con precisión en una silla de la esquina) y la camisa arremangada. Soy el único hombre que no lleva chándal o ropa de "fluir".
Mara está sentada delante de mí, entre mis piernas abiertas, apoyando la espalda contra mi pecho.
—Deja de tensarte —susurra ella, echando la cabeza hacia atrás para mirarme. Su pelo me hace cosquillas en la barbilla—. Pareces una viga de acero. Se supone que tienes que ser mi cojín.
—No soy un cojín. Soy un soporte estructural. Y este suelo está sucio.
—Es un gimnasio, Elías. La gente s