POV Mara
Me despierto tarde. El reloj de la mesilla —un cubo negro sin números que solo da la hora si le das un golpe, diseño absurdo marca Elías— marca las diez y media.
Me quedo un rato mirando el techo, recordando.
Mi memoria corporal es traicionera. Todavía siento la presión de sus manos grandes en mi pantorrilla. Todavía siento el calor de su pecho desnudo contra la planta de mi pie. Y lo peor de todo: recuerdo perfectamente cómo me miraba. Como si yo fuera la última botella de agua en el desierto.
Me tapo la cara con la almohada y suelto un gemido de frustración.
—Eres idiota, Mara —me digo a mí misma, con la voz ahogada en la espuma viscoelástica—. Es tu jefe. Es un robot con traje. Te paga para que no le des problemas, no para que le pongas la pierna encima en plena madrugada.
Pero el recuerdo de su pulgar acariciando mi rodilla me provoca un calambre que no tiene nada que ver con el músculo. Es un calambre en el bajo vientre.
Me levanto. Mi pierna derecha está un poco dolorid