El maestro decía que cada persona encontraba un sentimiento distinto al ver esa obra. Para Natalia, ese sentimiento era el de una espera en vano. Su lámpara había brillado hasta el amanecer, noche tras noche, durante cinco años.Porque Diego jamás llegaba a casa a tiempo. Siempre ponía excusas: compromisos sociales, horas extra, juntas de último momento... y ella, con una ingenuidad casi tonta, lo esperaba hasta que él aparecía ante su vista. Sin importar lo cansada que estuviera, Natalia nunca se iba a la cama; se acurrucaba en el sofá o se sentaba en el balcón, contemplando la noche solitaria y custodiando esa lámpara de escritorio que la acompañaba.No quería que Diego, tras un día agotador, llegara a una casa vacía y sin nadie con quien hablar. Quería que, entre todas las luces de la ciudad, siempre hubiera una encendida para él, alguien esperándolo. A veces él llegaba oliendo a alcohol; otras veces, con una expresión gélida y el cansancio marcado en el rostro. En realidad, N
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