Diana cerró la puerta con cuidado, como si el simple sonido del pestillo pudiera delatar todo lo que acababa de ocurrir en el jardín. Apoyó la espalda contra la madera y soltó el aire lentamente, pero no fue alivio lo que sintió, sino un cosquilleo persistente que comenzaba en la base de su cuello y descendía con traición por su columna. Se llevó los dedos a los labios sin darse cuenta, rozándolos apenas, como si aún pudiera sentir el eco del beso de Jeremy, firme y breve, pero cargado de una intensidad que no había previsto. Cerró los ojos con fuerza. —Esto no es real —susurró para sí misma, aunque su voz carecía de convicción. Recordó sus manos, la manera en que habían encontrado su cintura con una seguridad que no pedía permiso, la forma en que su piel había reaccionado, estremeciéndose, reconociéndolo antes que su mente pudiera oponerse. Su respiración se volvió más lenta, más consciente. —Espero que mi propio juego no se salga del control de mis manos —murmuró con un hilo de voz
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