La oficina presidencial estaba en silencio.
Un silencio pesado.
Denso.
Jeremy Ambrosetti permanecía sentado detrás de su escritorio, con la espalda recta y los hombros firmes, como una estatua tallada en autoridad. La luz gris de la mañana se filtraba por los ventanales de piso a techo, reflejándose sobre el mármol oscuro y el cristal impecable.
Frente a él, las planillas.
Filas perfectas.
Números perfectos.
Resultados perfectos.
Demasiado perfectos.
Su mandíbula se tensó ligeramente.