La villa dormía. No era un sueño tranquilo, sino uno contenido, vigilante, como si las paredes mismas supieran que allí dentro nada era realmente pacífico. Las luces estaban apagadas, los pasillos en penumbra, y el silencio solo era interrumpido por el leve murmullo del viento colándose entre los jardines. Diana no podía dormir. Había intentado cerrar los ojos una y otra vez, pero las imágenes regresaban como oleadas: la mirada de Leopolda, el vaso de agua cayendo sobre su rostro, la firmeza inesperada de Jeremy siguiéndola fuera del comedor. Demasiadas emociones acumuladas en un solo día. Se levantó despacio. No encendió luces. Se puso una bata roja de seda que descansaba sobre el sillón. El tejido era suave, ligero, casi peligroso. Al deslizarla sobre su piel, el contraste con la noche le provocó un escalofrío involuntario. Cruzó la habitación en silencio y salió al jardín. La luna estaba alta, redonda, dominante. Su luz bañaba el césped, los rosales, las fuentes de piedra. Ba
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