La silueta que bloqueaba la salida no era la de un sicario, pero resultaba igual de letal.Alistair Caldwell permanecía bajo la lluvia ácida de los Hamptons, con un paraguas negro que apenas cubría su arrogancia.Su mirada se clavó en Aria, ignorando por un segundo a Killian, quien mantenía el arma firme, su dedo índice acariciaba el gatillo con una ansiedad peligrosa.— Vaya, Aria... Siempre tuviste talento para los finales dramáticos — soltó Alistair, su voz estaba cargada de un cinismo que a ella le revolvió el estómago — Pero irrumpir en las ruinas del Restaurante Vanderbilt a estas horas es, incluso para ti, una maniobra desesperada.— Fuera de mi camino, Alistair — rugió Killian, dando un paso al frente y protegiendo el cuerpo de Aria con el suyo — No tengo paciencia para tus juegos de etiqueta. Si no te mueves, te dejaré un agujer
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