La bóveda, el club nocturno de mala muerte olía a incienso caro, cuero y sudor.La luz era roja y escasa.Aria caminó por el pasillo central, con un nudo en la garganta que le presionaba como el demonio amenazando con ahogarla, e ignorando a la fuerza los gemidos de placer y dolor, así como el sonido de los látigos que provenían de las salas privadas mientras busca una en particular, y la encontró, la suite número 4.Harrison estaba allí, arrodillado sobre una alfombra persa, vistiendo solo un pantalón de seda mientras esperaba a la madama dominatriz que vendría a atenderlo.Al ver a Aria, sus ojos se dilataron y se pasó la lengua asquerosa por los labios.Ella no dijo nada, pero, aunque permanecía estoica por fuera, su corazón corría como caballo desbocado, en algún momento creyó que se infartaría del susto, o del asco.¡O de ambos!Se quitó la gabardina, revelando su figura esbelta y poderosa bajo la luz escarlata, y aplicó la técnica de la indiferencia de Killian, no lo miró como a
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