DORIANLas luces del Club Inferno parpadean como un pulso enfermo. Rojo, azul, rojo otra vez. El humo espeso huele a tabaco negro, alcohol derramado y deseo viejo. Todo aquí late con una promesa que nunca se cumple.Estoy sentado en mi mesa, inmóvil, con la mirada fría recorriendo el escenario. Mientras las chicas se contorsionan, ofreciendo sus mejores pasos y sonrisas por horas. Giuseppe ríe con dos de ellas a su lado; sus carcajadas suenan huecas, como monedas golpeando el fondo de un vaso. Yo solo bebo, observo como un animal encerrado que huele sangre, pero desprecia la carroña.La rabia me sube lenta, espesa, porque Valentina sigue ahí. ¿Cómo se atreve a desafiarme? ¿Cómo osa mirarme sin miedo, sin rendirse? Su maldita negación me persigue. Cuanto más parece odiarme, más la deseo. Cuanto más intento arrancarla, más se me incrusta.La tomé y aun así, no fue mía.—¿Ninguna te apetece, jefe? —murmura Giuseppe—. Hay una nueva. Recién llegada, es muy hermosa.No respondo. Hasta que v
Leer más