CAPÍTULO 39JaxsonEl sabor de sus labios todavía estaba impregnado en los míos, una mezcla de sal por sus lágrimas y esa dulzura prohibida que sólo Bianca poseía. La miré, con el pecho subiendo y bajando con violencia, tratando de procesar que la mujer que había tenido bajo llave, la misma que me había desafiado horas antes, ahora me rodeaba el cuello con una confianza que no merecía.— Tres hombres, Bianca —susurré, y mi propia voz me sonó extraña, rota por una vulnerabilidad que me esforzaba en ocultar—. Tres hombres que no volverán a casa porque yo no pude apartar mis ojos ni mi mente de ti.Ella no retrocedió. Se quedó allí, frente a mí, con esa bata de seda negra que parecía absorber toda la luz de la habitación. Sus ojos azules no buscaban perdón, buscaban entendimiento. Y eso, maldita sea, era mucho más peligroso.— Me pediste que abriera el puño —dije, cerrando los dedos sobre la superficie de madera hasta que mis nudillos blanquearon—. Pero no entiendes lo que pasa cuando lo
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