El viaje hacia el Oasis de Siwa no fue solo un traslado físico a través de las dunas ardientes del desierto egipcio; fue una transición espiritual hacia un reino donde el tiempo parecía haberse rendido ante la inmensidad de la arena. El vehículo todoterreno de Alaric avanzaba con una cadencia pesada, devorando kilómetros de nada bajo un sol que no castigaba, sino que parecía querer purificarlos. En el interior, el aire acondicionado luchaba contra el calor exterior, pero el verdadero incendio estaba en la cabina trasera, donde Isolde y Alaric compartían un silencio cargado de una tensión que el vínculo de sangre hacía vibrar como una cuerda de violín a punto de romperse.Isolde observaba el paisaje monótono y, sin embargo, fascinante. El desierto tenía una forma de desnudar las almas, de eliminar lo superfluo. Se sentía diferente. Sus sentidos, ahora permanentemente alterados, captaban la estructura molecular del aire, el susurro del viento contra el metal y, sobre todo, la presencia
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